Un salto de fe
May 28, 2019
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He hecho varios. En algunos sin paracaídas. En algunos en compañía. Y justo cuando ya me iba a estrellar la compañía ya no estaba y entonces. TUN. Me daba un guarapazo el hijue…No me gusta escribir malas palabras. Decirlas si. Nada mejor que un hijueputazo cuando a uno se le queda el dedo chiquito en el bordesito de la cama. Si hay otra pásenla, prometo decirla. Y ni que decir cuando uno se da un tiestazo bien arrecho como dirían en el Chocó contra la vida. Ella quietica y uno bajando a 1000 kilómetros por hora y sin paracaídas. Tengaaaaaaa.
Y de ese salto de fe no solo le hable a mi hijo ayer, sino que yo misma me hablo cuando hablo sola. Cuando siento desfallecer. Cuando me siento perdida. Porque como sé que nunca lo he estado. Desviada del mismo camino de muchos si, claro. Y afortunadamente. Porque cuando entro a la oficina de mi hermano, lo que veo es todo blanco. Y lo que veo en las tomografías o radiografías que ve no son enfermedades sino pumas, aves, y todos los animales. Y quiero llenar todo el blanco de color. Y aunque si creo que las clínicas deberían ser menos depresivas y tener cuadritos por ahí lindos y oler chévere, creo que lo que necesitan muchos es el blanco absoluto.
Porque cuando uno pierde la fe. La suya. No hablo de religión. Ubíquense. Entonces lo que de verdad necesita es blanco. Para poder dar ese salto en el vacío que requiere solo de fe. Fe para sanarnos. Fe para olvidar. Fe para estar. Fe para recuperarse. Fe para acompañar. Fe para volver a creer que todo es posible. Todo es todo. Y punto. Y eso requiere no solo que el salto sea salto. Sino cuántico. Porque descubrimos que a medida que vivimos perdemos esa capacidad de asombro. De sorprendernos. De ver lo inexistente. De tocar lo que no está allí. Y si fuéramos a escritos científicos de esos que le expanden a uno el cerebro porque el que le escribió seguro que viene de otro tiempo, entonces uno sabe que el salto es cuántico. Y cuántico es cuántico. Desgarrador. Abrumador. Sorprendentemente inhumano podría ser. Pero no. Es increíblemente humano. Son los saltos que necesitamos a diario para recuperarnos como especie. Saltos cuánticos individuales para ser mejores seres cada día.
Mientras veía cómo destruían casas de Colombianos del otro lado de la frontera, yo pensaba, ¿cuál frontera? Eso ni se ve desde el espacio. Qué odio existe en esos corazones. Y yo pensando en la forma de construir la de Rosita y otras cuantas más. Qué decepción. Y entonces me acosté pensando en Maduro. Que de maduro no tiene nada. Es un niño malcriado que le falto pela. Bueno pela no. Unos cuantos castigos para que entendiera que lo que Hitler hizo fue un crimen en contra de nuestra humanidad. Yo daría hoy un salto cuántico por ir hasta donde esos miles de Colombianos que hoy perdieron tanto. Quisiera abrazarlos y decirles que todo estará bien. Pero el que tendrá que dar un salto cuántico debe ser otro. Y salirse de su odio y recobrar la cordura es el Inmaduro ese, que está atropellando tanta gente. La nuestra. La suya. Toda.
Y por eso en estos días que mi hijo ya de 18 me decía, $%%//%($%%·· yo no voy a votar, mi respuesta era tienes que hacerlo. Cree. Y crearás. Pero quedarse sin votar no es una opción. Es preciso dar ese salto de fe en quien haga latir nuestro corazón. Yo lo he hecho tantas veces. Con esa responsabilidad de lo que implica. Y no sé si me haya equivocado. Porque un presidente no gobierna solo. Eso está claro. Creo que necesita de la madurez también de su pueblo. De la gente. Y cuando somos un pueblo inMaduro, el tiestazo es muy bravo. Desgarrador. Absurdo. Tenaz. Paralizador. Y ahí no hay paracaídas para nadie. Porque solo el cambio individual logrará el cambio colectivo. El cambio individual y el salto cuántico que requerimos es hacia el amor. Sin dudarlo. Es una transformación que nos toma un milisegundo. Y ZAS. El TUN desaparece. Pero hay que creer. Hay que hacerlo y la vida de cada uno es otra. Y de repente nuestras familias son otras. Nuestros trabajos son otros. Nuestras comunidades son otras. Y finalmente nuestro país es otro. Cambiar es un salto de fe. Pero vale la pena. Hay que hacerlo una y otra vez. Con tal de no volverme a dar esos tunes tan “·$%& que me he dado, cambio porque cambio. Y ya mi vida es otra.
- Latin America and the Caribbean
