Tocar fondoTocar fondo
May 28, 2019
story
Lo he hecho. No una sola vez. Sino muchas veces. Y tocaba la arena. Y me seguían cientos de pecesillos de colores. Y yo me detenía ante una cuevita en donde habitan los gobios. Mis peces favoritos. Sus grandes ojos me recuerdan aquel acuario que heredé de mi padre y el cual cuidé con tanto amor por tantos años. Muchas veces lo he hecho inclusive de noche. Porque quería ver aquellos corales y sus hermosos seres. Quería ver con mis propios ojos cómo se adaptan algunas especies a vivir con lo que tienen y sacar entonces de si lo mejor para sobrevivir.
He tocado el fondo en muchas cuevas. He descendido sin temor a ellas buscando. He visto a muchos tocar fondos. De todo tipo. Y he estado allí. De muchas formas. Para tomarles su mano y decirles que tranquilos. Que respiraran nuevamente, que cerraran los ojos, que esperaran. Que pronto llegaría un gobio, un tiburón o con suerte una ballena. Majestuosa. O les he ayudado a otros en sus cuevas con las cuerdas para desenredarlos y poder descender a rappel sin temor.
Jamás había descendido a mi propio fondo. Nunca. Y lo toqué. Pude acariciarlo mientras mi cuerpo temblaba en la noche oscura y solitaria de un lunes de noviembre. Llegué hasta allí. No había nadie. No había nada. Estaba yo. Con mi espíritu golpeado. Por un sistema. Quebrada en mil pedazos por lo que se supone debe ser para nosotros los seres humanos. No había salida. Ninguna. No en ese fondo. Porque no había ni siquiera puertas. No había nada de luz. Solo silencio y la oscuridad absoluta de un lugar sin salida. Me abracé en mi hamaca y Merlín hizo lo suyo. Fui hasta el lugar más profundo. Ese en donde ya no existen las ilusiones ni los sueños, ni la paz, ni el amor, ni la felicidad, ni la tranquilidad, ni nada. Ese en donde nada es posible o donde todo es posible. Solo tenía aliento para respirar. Porque no lo controlaba yo. Solo latía mi corazón porque tampoco lo controlo yo. No mi cuerpo. Toqué el fondo de mi propia vida.
Y lo toqué porque cuando tu vida ya no vale para ti, entonces ahí llegas. Cuando la muerte es lo único en lo que puedes pensar como salida, entonces tocaste el fondo. No hay más. Y así fue. Así soy capaz de contarlo. De relatarlo mientras el hombre más maravilloso que he conocido sobre la faz de esta tierra me hace mi desayunito. Mi hijo me mira de reojo, cómo queriendo saber qué escribo. Pero él ya sabe de esta confesión. Ya la sabe porque cuando lo pensé, le dije: te lo cuento, o se lo cuento a un psiquiatra o lo hago. Y decido contártelo amor mío. Porque de solo pensarlo me recorre el dolor más profundo por mi cuerpo. Me chuza. Me asfixia. Y él amorosamente me tomó las manos y me dijo sólo puedo decirte que te amo.
Pero las palabras se las lleva el viento cuando ya tocaste fondo. Y no recordás nada. Porque ni siquiera pensás. No sos. No existe nada. Sólo ángeles que te protegen en ese instante y te abrazan tan fuerte hasta que te desmayas del cansancio de tu propio cuerpo desgastado hasta más no poder. Agotado de no dormir durante días. De no comer. De no resistir la realidad cruel del mundo que habitamos. Uno disfuncional y sin piedad por quienes lo hemos creado. Por quienes soñamos en él. Por quienes somos en realidad su capital. Su patrimonio. En nuestro sistema somos nosotros los que valemos. Somos nosotros los que ante una catástrofe podríamos reconstruirlo nuevamente. Porque de él sólo nosotros somos lo que tenemos vida. No tienen vida los computadores, ni las puertas, ni las sillas, ni las casas, ni los edificios, ni los carros, ni los bancos, ni los centros comerciales, ni las fincas, ni las autopistas, ni mi cepillo de dientes, ni mi cama. Lo único que tiene vida son nuestros cuerpos y lo único que late es nuestro corazón. Y esos seres hermosos que veo como mis iguales. Árboles y ballenas, ríos y mares, océanos y bosques. Selvas enteras que laten conmigo. Bosques amorosos que siento adentro de mi corazón.
En un instante hubo un brillo. Una luz. Abrazada a Merlín y acompañada por el espíritu de una mujer que me acompaña en silencio (hay veces con mucho ruido, pero es lo justo), sentí una luz. Ya me habían tirado por un abismo en un sueño en el que mi camino desaparecía. Con mi carrito viejo y todo. Y yo veía a todos arriba, prósperos, felices ciertamente, y celebraban. Y esa luz me sacó del abismo. Del real. Del fondo. De lo más profundo. Del fondo de mis fondos. Del fondo de Sentir. Del fondo al que haber creado con tanto amor y convicción algo me había ocasionado tener que liquidarlo. Esa sola palabra ya es brutalmente demasiado para un sueño hermoso. Aunque solo en este instante reconozca que era como volver a nacer para mi.
Porque lo que hago no lo tengo que hacer a través de nada ni de nadie. De ninguna empresa ni de ningún invento. Solo lo hago en silencio. En tanto, que hay veces me abrumo yo misma. Sentir era solo la legalidad de mi corazón dispuesto al servicio de tanto. De todos. De todo. Y eso ya no existe. Conozco tantas otras que dicen hacer y no hacen, porque de alguna forma, decir que hacen se convirtió en un negocio. Y rentable además. Palabra hasta ahora desconocida para mi. Alejada de mi realidad. Para mi proteger un bosque y un mar es tan rentable como tener miles de lingotes de oro en el banco más prestigioso. Darle un beso a un árbol cercano es más valioso que ir a depositar papel en el banco y llegar a casa sintiéndome rica. Llegué al fondo de mi vida siendo una mujer pobre y con una deuda absurda de Sentir y salí millonaria. Deuda además que solo hasta ayer descubrí que era un error del sistema, porque además él se auto protege y entonces, por más de que sepas que debe haber un error, él mismo es capaz de esconderse y esconderlo.
Si. Así es. Llegué al fondo. Pensé que ante tanta cosa el precio que debía pagar era con mi vida. Y entonces tomé el último aliento y me entregué. En silencio. Sin decir nada. Sin hacer nada. Sólo allí. En medio de la noche. Mi corazón en cambio decidió reponerse. Y si antes latía en desorden, comenzó a latir despacio. Lento. Sentí que me rodeaba una cohorte de seres. De luces. De ángeles. En donde mi padre a quien invoqué y quien estaba furioso salió a mi encuentro. Pude verlo nuevamente y vi su luz y no me sonreía. Esta vez no. Ni él ni ninguno. Y su imagen cambió por la de mi hijo en una sola pregunta. ¿Le ocasionarías tanto dolor? Y miles de años salieron como luces a mi alrededor, me rayaron el cuerpo y desperté. Ya todo había pasado. Había salido del fondo. Y estaba viva. Estoy más viva que nunca. Con más fuerza. Como nueva.
- Latin America and the Caribbean
