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123, si aló?



10:14 a.m. Buenos días señor, vea es para reportar un incendio en la vía Santa Elena. “Ah, si señora, ese incendio ya está reportado.” Ah, qué bueno señor, muy bien, feliz día.



10:28 Buenos días señor, es para saber cómo ha evolucionado el incendio de Santa Elena. “Buenos días señora, si ya ese fuego se reportó a Bomberos Medellín”. ¿Y usted sabe algo? “No señora lo que le diga es mentiras porque nosotros sólo lo reportamos y ya”. Ah bueno señor. Oiga. ¿Y por qué no me da el teléfono de Bomberos directo y yo llamo? Guardaré la hojita, porque ese no fue el único número que tuve que marcar.



Soy intensa, si. Lo sé. Pobres de las personas que me aman, amo o están cerca de mi. Y tratándose de un bosque o cultivo prendido soy irreconocible. Soy otra. Es como si se me salieran los duendes de este bosque que habito para hacer tantas llamadas en un minuto. Pero no fueron tantas, esta vez no estuve tan mal. Esta vez fueron sólo 60 llamadas las que hice desde las 10:14 am hasta las 6 pm. No es un mal promedio para la angustia y el desespero que sentía cada que recordaba aquel incendio que por poco acaba con esta Reserva tan amada mía. Recordé como fue prendida por vándalos y reviví las imágenes de las aves desesperadas porque sus polluelos estaban allí. Así como cientos de insectos tostados, culebras negras todas y mariposas que ya nunca más volaran vagarosas. Yo las recogí entre lágrimas. Intentaba revivirlas…





No entiendo. No. Simplemente no, no y no. No entiendo y no resisto la negligencia. A nadie parece que le importara. Eso si, a todos parece que solo les importa y eso, si acaso, la arepa que se quema en sus casas. Cuesta creer que tratándose de un bosque, de árboles, de vida, todo parezca tan trivial. Llamé y llamé. Busque y busqué. Intente conectar esos hilos invisibles que se pierden en el vasto vacío universo del ego humano. Sentí toda la frustración en segundos. En algún instante mi madre que me conoce tan bien, me dijo, ven vámonos, debes subir a tu montaña. Vete. Y yo sin pensarlo y aún sabiendo que había bajado a aquella ciudad solo a verla a ella, regresé pronto para tratar de ver desde lo alto la magnitud, la proporción. Sobre todo porque desde donde yo estaba, solo podía sentir el olor leve de mis montañas quemándose, de cientos de especies ardiendo, de orquídeas y bromelias perdiéndose y de un fuego devastador ascendiendo a ese cielo que no resiste más calentamientos.





Me duele más aún sabiendo que lo que se pudo haber apagado con un helicóptero y un balde a las 10:14 am, ahora necesitaría tantos sobrevuelos y tuviéramos la noche llegando. El primer helicóptero que vi llegar a la zona lo hizo a las 5:28 pm. Y eso, que si no es por un General Mayor de la Fuerza Aérea que hizo una “llamadita”, tal vez todo sería diferente. Sé que el alcalde por supuesto hizo algo, ni más faltaba que unos meros mortales que somos todos lo que terminamos llamando una y otra vez a bomberos, Dagrd, Dapard y etc., nos lleváramos los créditos. Además porque no se trata de eso. Es solamente que me duele sin parar, porque ese es su trabajo, para eso hay un equipo de gente que le colabora, que tiene que velar por nuestros intereses, y la verdad se demoraron mucho en pararle bolas. Todos ellos. Y eso que en algún momento me dijeron que las tierras son del IDEA. Qué tal que fueran las mías. O las tuyas. Mejor dicho, se nos va media vida. Y justo por eso, sé con certeza que mientras escribo estas líneas, grillitos mueren, culebras reptan rápidamente huyendo, aves con sus polluelos ya no volarán más, porque no creería que a esta hora abandonen sus nidos, dejando en ese fuego abrasador a sus crías indefensas. Murieron con ellas. Yo lo haría. Sin dudarlo. Ni un segundo. Cerraría mis alas como deben estar haciéndolo ellas, acunándolos para no dejarlos sentir el dolor profundo de sus carnes en llamas. De sus alas prendidas. Si pudiera iría hasta allí para rescatarlos a todos. Pero no puedo. Me deshago en lágrimas.





Escribo como reflexión. Para mi vida y las vidas. Y porque me duele ver hoy, que se incendia una montaña cercana, es que siento el deber de hacerles esta reflexión. HAGAMOS ALGO. Siempre. Donde estemos. No esperemos a que el incendio ya sea tan grande que no seamos capaces de apagarlo solos. Este, estaba en la mitad de la montaña y por eso, no más llegar hasta allí sola no hubiera sido posible. Me conozco. Hubiera ido. No mamá, sola noooooo. Por eso. Ya lo dije. ¿Pero sabes? Hoy pasaran la noche en mis montañas muchos bomberos tratando de apagar ese fuego. Ellos harán su trabajo silencioso como siempre, mientras muchos otros duermen a salvo en sus casas. ¡Cómo me duele!. En mis entrañas. Por ellos y por aquel gavilán que mañana no volará y por aquel colibrí que perdió sus alas intentando retroceder para sacar de allí sus huevitos es que escribo esto. Por cientos de especies que desaparecen cada vez que hay un incendio y que nosotros los humanos parece que no aprendiéramos. Como aquel de Urabá que hace poco se llevó miles de hectáreas y quien lo provocó tal vez ni entendió. Todo en nombre de la ganadería. Todo en nombre de la ignorancia que está arrasando con miles de especies.





Todo pasa. Pero mi reflexión sobre cómo ser ante un evento de este tipo no. Yo me pregunto acá sola mientras este búho cercano acuna a su polluelo seguro, las ranitas croan, los grillos me arrullan, ¿qué será mañana? Y no sólo mañana, mañana ya sé, porque la tristeza me la imagino, sino ¿ese mañana en que nuestras montañas sean ese Jardín Circunvalar que se quiere? Tendremos un helicóptero que pueda asistir un fuego? ¿O qué será de un mañana en que este Arví que amo con locura se prenda en una época de verano? ¿Serán precisas muchas llamadas? ¿O una sola bastara? Porque de ser así, menos mal ya sé la ruta de mi General Mayor en quien sin conocerlo, hoy confío más.





Bien leí alguna vez, “los bomberos deberían de ser mejor pagados y los políticos voluntarios”.







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